miércoles, 9 de enero de 2013

Vive la vida.


Sentado esperando al próximo tren observaba, con atención, cómo la gente generaba un camino de ida sin vuelta de energía al pasar.
Los pinchazos aún dolían, y el ardor todavía resurgía de vez en cuando. Su pasado estaba amarrado a él cual barco abandonado. Las palabras chocaban con fuerza bruta causándole un dolor amargo y conocido.
Vio como su amor rondaba la estación. Ella, con su contoneo casual y elegante; revoloteando su abanico y clavando la mirada en todo aquél que se atreva a piropearla. Sus profundos ojos rozaban la locura, su cabello perfectamente acomodado delataba la femineidad. Una brisa cálida hacía tono con su presencia y elevaba, pomposamente, ese vestido de seda fría que adornaba su estructural cuerpo.
Era la mujer indicada, él lo sabía. Se sentía azorado como el Joven Werther; y recordaba cada palabra que rezaba en ese texto. No sentía deseo por ella, sino pasión. Una loca admiración por tal pureza que destellaba esa musa. 
Sentía cómo lentamente sus pensamientos se dejaban llevar por la desesperación del abismo. Un vacío existencial que gritaba a horrores la soledad que su destino le tenía preparado. Entendía que iba a morir incompleto. Su arte no colmaba sus penas. Sus pinturas no tapaban la triste realidad; esos ocasos plasmados en lienzo no excusaban la razón de los mismos, el final del día.
Lloraba sin emitir lágrimas, gritaba sin acudir al ruido, gesticulaba la desesperación en carne viva sin moverse. 
Muchas veces deseaba haber nacido con algún síndrome de cuadriplejia; por lo menos si su esencia hubiera permanecido intacta, ese problema físico hubiese sido la respuesta a toda pregunta. 
¿Ser o no ser? Pregunta incómoda que alguna vez en sus épocas de adolescente se la habrían echo. Obviamente siempre contestó lo que todo el mundo quería oír. Ser. Menuda hipocresía.
¿Por qué nunca acudió al suicidio? Nunca lo supo. Siempre encontró alguna razón para conservar su vida. Como un amanecer esplendoroso que le hacía recordar la belleza de su amada. Algún lago profundo y rozagante que convertía en plagio la mirada de su musa. O simplemente esa brisa fría que le hacía recordar que todavía valía la pena escribir.
Acarició pacífica e intensamente aquel filoso borde que sobresalía de su campera. El tacto metálico hizo que se estremeciera, y vivió un recuerdo absurdo.
Quiso reír a carcajadas. Destapando esa caja de Pandora que cargaba desde hace varios años. Algo lo detuvo; un movimiento brusco dentro de esa escena. Una acumulación de gente ocurrió justo frente a él. Mirando y escudriñando con expresiones de horror hacia las vías. No sacó conclusiones exactas ni precipitadas.
De repente media estación estaba allí. Menos su amada.
Temió lo peor. 
Alguien se había lanzado a las peligrosas garras de la Parca.
Intentó acercarse, pero se resistió. No aguantaría jamás que su angelical pero demoledora dama haya sido la víctima, sus planes nunca se habían salido tan de control como en ese momento. Si la musa de vestido de seda era quién descansaba en brazos de la muerte su vida no tendría sentido. Sus escritos no serían verdaderos, y sus pinturas no rozarían la realidad.
Sería un Goethe fusionado con Hume. Dispuesto a vivir la experiencia y plasmarla románticamente. Notablemente peligroso.
Se tranquilizó al ver a su amada correr rápidamente hacia el hecho ocurrido. 
Probablemente haya sido otro de esos niños traviesos que escapan del cuidado de sus madres exponiéndose al peligro eminente. 
Tal cual sugestionó, una madre de aproximadamente treinta años corría precipitadamente a la escena, llorando y probablemente rogando no ser la progenitora del fallecido.
Efectivamente sí. Era ella. 
Desvió la mirada. Se había aburrido. Bastaba ya con sus penas y dolores como para tener que sumirse a otra ajena.
Entonces recordó haber dejado una de sus pinturas a medio hacer. Se levantó y caminó lentamente hacia la salida, esquivando paramédicos, policías, personas curiosas y perros dormitando.

Sasha Ela T.

jueves, 24 de febrero de 2011

Ellos no las atraparán.



Ellos no las atraparán. Nunca. Permanecer juntas es su destino. En un mundo de ovillos de lana, caricias, saltos extraños, juegos, y besos. Siempre unidas ante todo. Aburrimiento, diversión y retos. No querían ser extremistas, pero consiguieron un cariño mutuo muy importante, en tan poco tiempo. Disfrutaban cada momento juntas, como si fuera el último, conociéndose cada vez mas. El dulce ronroneo de una era el placer de la otra. Ella descubrió que era una de las pequeñeces de la vida que la hacía feliz.  
Así sucedió como una amistad basada en una jerarquía natural movió el mundo de Sara. Lo intercambió todo de lugar, ocupó espacios que antes estaban vacíos, gastó tiempo que nunca pudo utilizarse. El dulce roze de una tierna fidelidad.
De pasar a tener todas esas sensaciones en un momento crítico como el de ella, a perderlas tal cual como vinieron. Fue un patrón importante.
Rápidamente su mundo color pastel fue oscureciéndose de manera brusca. Sus ojos perdieron ese brillo que había adquirido ante la llegada de su compañera y su estado mental volvió a agravarse.
Los dolores retornaron, las úlceras también. El triste soplido de la soledad se abalanzó sobre ella como un huracán. De nuevo todas esas emociones regresaban a apoderarse de su persona.
No sabía si iba a soportar todo eso una tercera vez. Porque ahora era peor. La ausencia de su amiga quemaba su alma como nunca. Detestaba tener esa sensación dentro de su cuerpo. Pero así era.
La realidad la lastimaba. No entendía cómo podía haber muerto de un día para otro. Sabía que culpa de ella no era. Todo su cariño, empeño y responsabilidad había puesto sobre su fiel acompañante. Pero al parecer no era suficiente.
Las heridas volvieron a abrirse, literal y metafóricamente. Dolor, pena, dolor. Sufrimiento sobre todas las cosas. Amor acabado por una ley estúpida de la vida. Y locura dominada por la desesperación.
Las inyecciones se hacían cada vez mas frecuentes, había olvidado lo terribles que eran. Las pastillas abundaban en su botiquín de manera intensiva. Odiaba recordarla. En realidad no detestaba eso, sino saber que sufrió y que ella también lo haría. Sería como su castigo eterno.
Todo por encariñarse, y por dejarse llevar por la locura.
Así es como empezó. Loca. Continuó como una persona normal debido a su mascota. Y fulminó con una demencia mayor a la anterior. Pero todo terminaría en la hora de su muerte. Ahora le tocaba a Sara.
Pudo conseguir un cuchillo de filo respetable y "ánimos" para poder seguir el camino de la causante de su sufrimiento. Los efectos secundarios, las convulsiones, de las inyecciones comenzaron a surgir efecto. No podía controlarse, sabía que era su momento final. No quería morir así. Como había nacido. Quería fallecer de manera "normal" como las personas comunes. Pero no podía. Su naturaleza se lo impedía. Eso la debastó aún mas.
Así es como sigue en pie. Con la cabeza gacha, por no ser "normal". Y por no poder tener una vida digna, y ni siquiera una muerte respetable.

Sasha Ela T.

miércoles, 16 de febrero de 2011

Cuerda.



Ella falleció de amor. Murió de ternura hacia su cónyugue. Sufrió penurias de afecto.
Nadie la comprendía. Nadie.
Porque todos pensaban que estaba loca. Y sí. Era así. Pero no, la dejaron al margen de la sociedad por su ideología.
Quién sabe, a muchos nos puede pasar. La locura a veces no lleva a cierto punto que nos induce a creer en teorías que, en nuestro estado normal, eran patéticas.
Patético. Palabra que puede sonarnos a un Pato con un tic en forma de O. A saber: movimientos de abierto y cerrado del pico con la silueta de la letra nombrada anteriormente y/o círculos continuos con las patas.
Grandes definiciones escritas por pequeñas mentes. Una idea bastante interesante.
No podría vivir sin él. Bueno si podría... Pero no querría. Así que lo asesiné. Arranqué su corazón como él lo hizo conmigo. Guardé su nariz como cuando él lo hacía en juego, pero no se la devolvi. Destrozé sus ilusiones de respirar de nuevo como él lo hizo con las mías de volver a amar. Tarareé la cancion funebre de su despedida como el tarareó nuestra cancion de amor. ¿Por qué cometi tal crimen? Porque entré en pánico y la desesperación me llevo a tal acción.
"Cuatro niñas saltan fuera.
 Cuatro niñas blancas.
 Cuatro niñas con tijeras
 Cuatro niñas contentas y sádicas."

Sasha Ela T.

lunes, 7 de febrero de 2011

Soledad.



"Siendo sincera la soledad no me agobia. Y lo digo en todo sentido. No se me hace dificil sobrevivir sin alguna persona a mi lado. Dicen que la sociedad es el conjunto de gente que comparte costumbres, tradiciones y se necesitan una de otras para sobrevivir. Ese no es mi caso. Yo soy feliz en mi pequeño pero acogedor mundo; rodeado por literatura que representa diferentes vidas. No necesito de nadie."
Pasaban los minutos y yo seguía feliz en mi refugio, lejos de todo lo que me hacia mal. Alejada del dolor. Era casi imposible lograr que mi persona sea mas feliz que en ese momento. Un respiro, aire nuevo, oxígeno renovado, futuro asegurado.
Pasaban las horas y mi simpatia por la sociedad seguia disminuyendo, pero se apaciguaba con mi nuevo estilo de vida. Disfrutaba ver como de a poco desaparecía mi desprecio hacia la comunidad humana. Mi nuevo pensamiento daba lugar a ese centello que iluminaba mis momentos de oscuridad, que borraba aquellos recuerdos de maltratos quienes agobiaban mi carcomida mente.
Pasaban los dias y notaba el cambio que toda mi vida habia deseado. El alivio. Fue lo mejor que me había pasado. Nunca tuve la oportunidad de apreciar esa sensacion, hasta ese momento glorioso. Recuerdo que festeje de manera simple. Tirada en el suelo riendome de la existencia como ella habia echo conmigo desde que llegue al mundo.
Pasaban las semanas y empezaba a tornarse algo rutinario. No puedo negar que era algo bueno, pero no sentia lo mismo. Quizas que se haya vuelto algo comun hacia que no me llamara tanto la atención. Pero me gustaba. Sí, me gustaba.
Pasaban los meses y ya empezaba a inquietarme. La pregunta insistente en mi cabeza no paraba de cuestionar: ¿Aislarme de la humanidad fue la mejor decision?
Quien sabe. No me gustaba la situacion en la que me encontraba. Para nada. No era la mejor, y empecé a buscar respuestas.
Pasaban los años y mi desesperacion era insoportable. No podía, no podia entender por qué se me hacia tan dificil disfrutar de algo que, hace bastante tiempo me hacia inmensamente feliz. Habia cambiado. La literatura no me ayudaba, termine quemando mis libros en un fogón echo en mi cocina. Fue un ritual espectacular. Lo determine: "El comienzo de mi nueva era".
Pasaban las decadas y ya no quedaba nada sano de mi. Salvo mi ideologia y arrepentimiento acerca de ella. Separarme de la manada fue lo que arruino mi estadia en la Tierra. Descubri que no la odiaba a ella, sino que aborrecia mi forma de enfrentar los problemas sociales. Oculte mi verdad en una mentira gracias a mi inconciente pero presente orgullo, provocando nada mas ni nada menos que la ruina de mi existencia. Destinando mi futuro a la sucia, triste, oscura y solitaria carcel eterna. La muerte.
"Siendo sincera la soledad realmente me agobia. Y lo digo en todo sentido. Se me hace dificil sobrevivir sin alguna persona a mi lado. Dicen que la sociedad es el conjunto de gente que comparte costumbres, tradiciones y se necesitan una de otras para sobrevivir. Ese veridicamente es mi caso. Yo soy feliz en mi pequeño pero acogedor mundo; rodeado por literatura que representa diferentes vidas. Pero necesito de alguien."

Sasha Ela T.

viernes, 4 de febrero de 2011

Duda.



-Buenas tardes-
-Buenos días-
-Disculpe mi atrevimiento ante su saludo, pero lo correcto sería decir: "Buenas Tardes"-
-Y dígame, con todo el protocolo. ¿Quién lo determina?-
-Pues la subjetividad-
-Ah, claro, y ¿quién determina la subjetividad?
-El universo, claro está-
-Ajá, bueno puedo decirle que no existe-
-¿El universo?-
-No-
-¿Yo?-
-¿Cómo?-
-Le estoy preguntando que si yo no existo-
-Bueno, en este preciso momento ud está hablando conmigo, así que puedo afirmar que sí. Sí existe-
-¿Está seguro?-
-Por supuesto-
-Está usted siendo subjetivo-
-Pues yo creo que no, la objetividad redondea la conversación en este preciso momento, además me estaría contradiciendo-
-Yo creo que esta errando en su teoria-
-Hombre, le estoy explicando un simple saludo y usted me sale con su existencia-
-Pues yo le estoy explicando mi simple existencia y usted sale con su dispensable saludo-
Y el fantasma desapareció dejando al dialogante con la duda del saludo y su existencia.

Sasha Ela T.

martes, 14 de diciembre de 2010

¿Quién?



Claro... Siempre yo... ¿Quien rompio el vaso? Sara ¿Quien no quiere ingerir a la desgracia? Sara ¿Quien dejó las canillas de los baños abiertas? Sara. Todo yo. Nunca puede ser la torpe de Cecilia, el caprichoso de Héctor o la destraída de Ana. Eso me enloquece, me pone echa una furia, un tigre. Como los que vi cuando viajé a áfrica. Aahh, que hermosos animales, qué divinos ejemplares. Jamás me voy a olvidar de eso, fue una experiencia preciosa que la viví junto a mis padres hace ya un año...
Estaba sentada en la silla junto a la ventana observando cómo el viento levantaba toda partícula mínima a su paso. Era divino poder ver cómo todo lo que no servía se elevaba hacie el cielo haciendo remolinos e interpretando una suave danza demoníaca ¿Por qué demoníaca? Quizás porque me hacía recordar aquél 15 de Enero de 1999. Qué hermoso día hacia esa fecha. Verano. Todos mis vecinos jugueteaban por ahí. Yo obviamente tenía que quedarme en casa cuidando a Soledad y Marta. Pero lo disfrutaba. Me gustaba hacer de madre de aquellas dos discapacitadas mentales que únicamente me miraban y se babeaban. Podía manipularlas. Hacer que hagan lo que yo quería. Mandar. Dirigir.
Todo eso se terminaba exactamente a las 19:15 pm cuando mi padre volvía de trabajar. Él llegaba, besaba la frente de Marta, luego la de Soledad, me saludaba con la mano y subía a su habitación. Era irónico, parecía que la repugnante era yo, la más sana, puesto que rara vez teníamos contacto físico. En fin... Ese día no sucedió lo rutinario. Papá no llegó a las 19:15 pm. Soledad y Marta empezaron a inquietarse. Yo me desesperé.
Contaba los minutos con cuchillo en mano. Observaba cómo la carne se detrozaba a medida que el utencilio bajaba. Marta balbuceó. Me levanté para ver lo que le sucedía. Sin pensarlo trastabillé y me precipité  sobre ella. Desesperadamente me retiré y lo único que escuchaba eran sus gemidos. Al rato se callaron. Me percaté que Soledad estaba en su silla con la pierna estirada observando la escena con la cara desfigurada del terror. Ella había sido la causante, con ella tropecé. Levanté la mirada y divisé un extraño color rojizo en mi mano. Sangre, sangre. Había clavado el cuchillo sobre el pecho de mamá. Soledad lloraba. Al fin esa discapacitada se había dado cuenta de lo que pasaba. Enloquecí. Entré en pánico. Todo estaba difuso. Sabía que mi hermana me iba a delatar. Tuve que matarla me acerqué a ella sigilosamente como si fuera un conejo a punto de escapar. Clavé mi arma en su delicada frente. Viendo cómo chorreaba la sangre sobre su cara, su torso, sus piernas, sus pies y el suelo... No entendía nada. Quería huir. Comencé a caminar, a correr prácticamente. No sabía a donde iba a parar. Pero quería escapar. Torpe como siempre, resvalé con el líquido rojo de mis víctimas y caí. No recuerdo más. Fue una función, una danza de sangre, de venganza quizá...
Claro... Siempre yo... ¿Quién rompió el vaso? Sara ¿Quién no quiere ingerir a la desgracia? Sara ¿Quién dejó las canillas de los baños abiertas? Sara ¿Quién asesinó a su familia? Sara ¿Quién fue ignorada por su padre? Sara ¿Quién terminó en el psiquiátrico? Sara...

Sasha Ela T.

lunes, 13 de diciembre de 2010

Incapacidad.



Era una triste tarde de invierno, nada peculiar. Las hojas secas revoloteaban por el libre sendero que conducia al viejo cobertizo del patio trasero. Yo disfrutaba ver aquella escena, obvervando como un hermoso dia soleado pasaba a ser una tenebrosa tarde oscura. Yo sabía que habia algo no natural. Algo faltaba, o peor aun... Algo sobraba. Las sombras participaban en una danza macabra recorriendo el jardin de manera rapida y silenciosa. La casa sola, no emitia ningun sonido, salvo el crujido de la vieja madera que revestia el piso. Mi incapacidad no me permitia ir mas alla de esas paredes. Thomas a veces me llevaba al exterior, pero era en ocasiones especiales, como cuando a la abuela le daban ataques o a mamá se lo ocurria tomar. Sino, tenia que mantener presa mi libertad debido a ese horrible aparato del cual dependia. Aparato... Ja... Que nombre tan elegante para lo que era mi dependencia... Una simple y oxidada silla de ruedas que guiaba mis pasos.
Pero en esa ocasion no sucedio lo rutinario... Mamá se habia ausentado ese dia, la abuela habia ido al psiquiatra sedada, como es de esperar, y Thomas... Thomas no habia dado señales de existencia aquella tarde. Todo normal... Yo, postrada en mi trono observando el siniestro "afuera". De repente una sombra fuera de lo comun atraveso el lugar. Me asuste. Temble. Y pense, que quizas habia sido un extraño animal. Pero mi conciencia no estaba totalmente convencida. En un abrir y cerrar de ojos pude advertir dos cuerpos colgados en el techo del cuartito trasero. Estrangulados y ensangrentados en la fria tarde de invierno. Muertos gracias a la demencia de una persona. Siendo zarandeados por el frio viento. Sus heridas estaban cubiertas por hojas; hojas secas que alguna vez habian jugado entre ellas en aquel "feliz jardin" y ahora revestian a la muerte en persona. Nunca voy a olvidarme de aquello, y menos que menos borrar de mi memoria la cara de los difuntos. Mi madre y mi abuela, victimas de un vicitmario sin razon. Victimas de Thomas. Mi propio hermano, quien ahora venia por mi. Podia ver todo a traves de esa ventana, pude ver mi proximo final. Mi asesino, quien avanzaba con pasos decididos hacia mi persona. Con un hacha y con ojos de envidia, furia, ira, rencor. Cansancio, aquello era cansancio. Cansancio por parte de mi hermano, que habia llegado a la locura a causa de nosotras. Por culpa de nuestras incapacidades. Su bondad exploto y junto con ella se fue su razon. Y he ahi mi final. Mi muerte, y mi vida. Lo ultimo que divise, fue el momento en el cual la puerta se abria de un empellon, interfiriendo el silencio de aquella mansion. Y luego el golpe seco que determino mi final. 

Sasha Ela T.