
Sentado esperando al próximo tren observaba, con atención, cómo la gente generaba un camino de ida sin vuelta de energía al pasar.
Los pinchazos aún dolían, y el ardor todavía resurgía de vez en cuando. Su pasado estaba amarrado a él cual barco abandonado. Las palabras chocaban con fuerza bruta causándole un dolor amargo y conocido.
Vio como su amor rondaba la estación. Ella, con su contoneo casual y elegante; revoloteando su abanico y clavando la mirada en todo aquél que se atreva a piropearla. Sus profundos ojos rozaban la locura, su cabello perfectamente acomodado delataba la femineidad. Una brisa cálida hacía tono con su presencia y elevaba, pomposamente, ese vestido de seda fría que adornaba su estructural cuerpo.
Era la mujer indicada, él lo sabía. Se sentía azorado como el Joven Werther; y recordaba cada palabra que rezaba en ese texto. No sentía deseo por ella, sino pasión. Una loca admiración por tal pureza que destellaba esa musa.
Sentía cómo lentamente sus pensamientos se dejaban llevar por la desesperación del abismo. Un vacío existencial que gritaba a horrores la soledad que su destino le tenía preparado. Entendía que iba a morir incompleto. Su arte no colmaba sus penas. Sus pinturas no tapaban la triste realidad; esos ocasos plasmados en lienzo no excusaban la razón de los mismos, el final del día.
Lloraba sin emitir lágrimas, gritaba sin acudir al ruido, gesticulaba la desesperación en carne viva sin moverse.
Muchas veces deseaba haber nacido con algún síndrome de cuadriplejia; por lo menos si su esencia hubiera permanecido intacta, ese problema físico hubiese sido la respuesta a toda pregunta.
¿Ser o no ser? Pregunta incómoda que alguna vez en sus épocas de adolescente se la habrían echo. Obviamente siempre contestó lo que todo el mundo quería oír. Ser. Menuda hipocresía.
¿Por qué nunca acudió al suicidio? Nunca lo supo. Siempre encontró alguna razón para conservar su vida. Como un amanecer esplendoroso que le hacía recordar la belleza de su amada. Algún lago profundo y rozagante que convertía en plagio la mirada de su musa. O simplemente esa brisa fría que le hacía recordar que todavía valía la pena escribir.
Acarició pacífica e intensamente aquel filoso borde que sobresalía de su campera. El tacto metálico hizo que se estremeciera, y vivió un recuerdo absurdo.
Quiso reír a carcajadas. Destapando esa caja de Pandora que cargaba desde hace varios años. Algo lo detuvo; un movimiento brusco dentro de esa escena. Una acumulación de gente ocurrió justo frente a él. Mirando y escudriñando con expresiones de horror hacia las vías. No sacó conclusiones exactas ni precipitadas.
De repente media estación estaba allí. Menos su amada.
Temió lo peor.
Alguien se había lanzado a las peligrosas garras de la Parca.
Intentó acercarse, pero se resistió. No aguantaría jamás que su angelical pero demoledora dama haya sido la víctima, sus planes nunca se habían salido tan de control como en ese momento. Si la musa de vestido de seda era quién descansaba en brazos de la muerte su vida no tendría sentido. Sus escritos no serían verdaderos, y sus pinturas no rozarían la realidad.
Sería un Goethe fusionado con Hume. Dispuesto a vivir la experiencia y plasmarla románticamente. Notablemente peligroso.
Se tranquilizó al ver a su amada correr rápidamente hacia el hecho ocurrido.
Probablemente haya sido otro de esos niños traviesos que escapan del cuidado de sus madres exponiéndose al peligro eminente.
Tal cual sugestionó, una madre de aproximadamente treinta años corría precipitadamente a la escena, llorando y probablemente rogando no ser la progenitora del fallecido.
Efectivamente sí. Era ella.
Desvió la mirada. Se había aburrido. Bastaba ya con sus penas y dolores como para tener que sumirse a otra ajena.
Entonces recordó haber dejado una de sus pinturas a medio hacer. Se levantó y caminó lentamente hacia la salida, esquivando paramédicos, policías, personas curiosas y perros dormitando.
Sasha Ela T.
Cuánta nostalgia, y qué belleza de narración. A este no lo había leído. Me pregunto si seguirás escribiendo, y cuántas tragedias seguirás embelleciendo. Saludos.
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